Muertes anunciadas
Leo en Poynter.org un interesante artículo sobre cómo se gestan los obituarios por adelantado. Todos habréis oido hablar de esos obituarios de ilustres figuras que, como el del papa Juan Pablo II, se escriben a lo largo de años. A veces décadas. Y se mantienen ahí, en la nevera, esperando a que el protagonista de esas líneas desaparezca para poder ponerle el punto y final a su historia.
Concretamente, el texto se centra en el reciente rumor que se propagó en la blogosfera de que Fidel Castro había fallecido. Medios como el Miami Herald se hicieron eco de la noticia. El artículo cuenta la labor de un periodista del The New York Times que se movilizó con el rumor, dado que lleva escribiendo el obituario del general desde 2001. Desde aquella fecha, y aunque la pieza se ha ido actualizando con los sucesivos achaques del general, el obituario sigue archivado en el portafolio.
El caso de Castro es bastante peculiar, dado que se le ha considerado muerto en varias ocasiones y se estima que ha sido el objetivo de más de 600 tentativas de asesinato (existe un documental titulado 638 Ways to kill Castro [eLink XviD + Eng Subs]). Algunas tan rocambolescas como las de la CIA, que intentó ponerle en ridículo haciendo que, literalmente, “se le cayera la barba” con talio o utilizando puros explosivos.
Y hablando de muertes. Que la pérdida de un literato como Francisco Umbral (adoro su Trilogía de Madrid) haya coincidido con la dramática muerte de un futbolista de 22 años del que hasta hace una semana apenas sabíamos nada, sólo puede ser calificada de jugarreta del destino. Porque si algo caracterizó a Umbral, aparte de su prosa de arabesco, fue su desmedido afán de protagonismo.
Y es que su poco tirón como novelista best-seller le llevó a infructuosos intentos de hablar de su libro o a posar semidesnudo en la promoción de una de sus obras. Un ansia de notoriedad que, según uno de los rejonazos que Arturo Pérez-Reverte le dedicó en vida, intentaba suplir la falta de chicha literaria de sus obras; una “farfolla muy bien escrita pero sin nada dentro”.
Su gran ego siempre se mantuvo eclipsado por la larga sombra de quien siempre fue su maestro, Camilo José Cela. Mal día para morir cuando la atención mediática, en toda su cerrilidad, estaba fijada en un hospital de Sevilla. Jugarretas del destino.
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