Marcelo Luján. © Laura Muñoz
Portada de “Subsuelo”

El escritor argentino Marcelo Luján nos propone en su última novela “Subsuelo” (Premio Dashiell Hammett 2016 en la Semana Negra de Gijón) una historia demoledora que rompe absolutamente las costuras del género

 

“Subsuelo” es un espejo inquietante al que nadie quisiera asomarse, porque al hacerlo podría darse de bruces con la certeza de que donde mejor incuba sus huevos el mal es en la propia familia. Unos hechos trágicos que perforan el nirvana de una vida burguesa hasta romperte los nervios y un estilo absolutamente innovador que destroza cualquier prejuicio sobre el género negro.

Marcelo Luján nació en Buenos Aires en 1973, desde 2001 reside en Madrid. Coordinador de actividades culturales, también imparte talleres de creatividad literaria. Ha obtenido importantes premios como el Santa Cruz de Tenerife (2003), el Alcalá (2006), el Kutxa de San Sebastián (2007), el Getafe Negro (2009) y este año el Dashiell Hammett de Gijón. Entre sus obras, repartidos en géneros como el relato, la prosa poética y la novela, se encuentran títulos como “Flores para Irene”, “En algún cielo”, “El desvío”, “Arder en el invierno”, “Pequeños pies ingleses”, “La mala espera”, “Moravia” y “Subsuelo”.

 

-A ver, acláreme una cosa, don Marcelo, ¿qué es exactamente “Subsuelo”? Y no lo pregunto por ese raro debate tan actual entre galgos o podencos, entre hard-boiledistas y enigmistas dentro del género. ¿Qué es?

 

Subsuelo es, antes que nada, una novela. Cuando analizamos los géneros deberíamos centrarnos un poco más en este aspecto. Porque aunque parezca una simpleza, lo único que pretendí al escribir este libro es eso: escribir una novela. Nunca voy a ceñirme a ningún arquetipo genérico porque lo más importante tiene que ser la historia que contamos y el modo en que decidimos contarla. Tiendo a desconfiar de los autores que ponen el formato (un género, digamos) por encima de lo que tienen para decir.

 

-¿Está usted loco? Lo digo porque escribir con ese estilo es una apuesta muy fuerte en estos tiempos, ¿no?

 

No estoy loco (creo). Y no lo estoy porque es la literatura quien me salva de estarlo. Y adentrándonos en el estilo (el modo) que decidí utilizar en el caso de este libro, debo decir que en cierto momento (un momento muy inicial, por supuesto) sentí que era el más acertado, que la historia no podía funcionar sin ese narrador o esa puntuación o ese ritornello o esos cambios de focalización. Claro que es arriesgado. Pero prefiero correr esos riesgos a quedarme atado o jugar a seguro, como se dice. Los escritores tenemos una sola obligación y es la de escribir bien. Y escribir bien es acertar en todas las decisiones narrativas o estilísticas, aunque sean arriesgadas.

 

-Usted vive en España hace años, su novela se desenvuelve en un entorno español (por cierto, enhorabuena por el manejo del vocabulario coloquial propio de aquí), pero “Subsuelo” tiene ese aire de la buena novela negra argentina: tensa, honda, durísima. ¿De qué están hechos ustedes?

 

De derrotas, de perder finales (algunas por penaltys), de sufrir las directrices del FMI y la mano negra de nuestros dirigentes (casi siempre súbditos o vasallos del FMI), de tener que estar todo el tiempo pensando en sobrevivir. Y digo todo esto porque la tradición argentina (me refiero a la tradición literaria) está construida sobre esa base. Y yo, aunque lleve más de quince años en este país, estoy educado en esa tradición. Sin embargo (y esta es la parte interesante de la respuesta), contar, narrar, vivir la ficción desde fuera de Argentina genera una suerte de mestizaje lingüístico y metaliterario que, en la mayoría de los casos, aporta una nueva visión, una nueva forma de contar. La literatura argentina es una literatura interactiva, ágil, que se adapta e incorpora, de modo muy directo, lo que está sucediendo en la sociedad. No quiero perder ese atributo. Ya no puedo, por razones obvias, escribir ficción en castellano rioplatense (no sería completamente verosímil, sobre todo en el discurso directo). A cambio de esa pérdida, incorporé otro sentir (narrativo, discursivo, lingüístico) que no debe reemplazar al otro sino convivir con él. Y tengo la sensación de que con Subsuelo me acerqué bastante a ese ideal.

 

-Una de las originalidades de su novela es que, siendo negra, no hay investigación, ni siquiera un crimen por donde empezar. Ni polis. Aunque la compañía de seguros puede ser incluso peor…

 

La investigación policial o detectivesca no me interesa en absoluto. Me interesa la oscuridad de los individuos, el mal, pero desde dentro, desde el origen. Me interesa trabajar el porqué. Me interesan las razones, el ímpetu, las voluntades. Y también las consecuencias pero siempre en el aquí y ahora del individuo, no desde una visión posterior (la detectivesca, por ejemplo), porque esa es una visión manipulada e incompleta. Nunca sabremos qué motivó a Jack El destripador a destripar porque nadie lo contó desde el núcleo, nadie nos explicó cuáles eran sus miedos y sus sueños y sus desvelos. En la ficción ocurre lo mismo. A mí no me importa la muerte en sí misma porque no es allí donde radica la negrura.

 

-El cóctel es muy fuerte, don Marcelo: maldad en estado puro, hijoputez en altísimo grado, una pulsión sexual tremenda por ahí dentro, grandes frustraciones, en definitiva, en plan generalizado, miedo… Comente.

 

Este cóctel al que se refiere no es algo extraordinario, no es nuevo ni muchos menos quimérico o visionario: es lo que sucede, todos los días, ahí fuera, en nuestra sociedad occidental y aparentemente guay (me refiero a la Europa moderna). Hay un elemento fundamental, a mi juicio, en la literatura actual: la verosimilitud. Pues bien, todo lo que sucede en Subsuelo (maldad, hijoputez, frustraciones, el sexo como herramienta de dominio, miedo, y muchos etcéteras) es verosímil para el lector. Y lo es porque lo vive en el día a día, de modo directo o indirecto. Todo eso está ahí, en cada paso que damos. Ya no hay que esforzarse para creer que un señor emparede a su esposa y, por descuido, se le cuele el gato aquel que maulará y maullará y ese maullido será la perdición del marido emparedador. Ya no. Ahora esas cosas (y aun menos creíbles) las echan en los telediarios. Pobre Poe, que se tenía que romper la cabeza para imaginar sucesos o acciones extraordinarias y, encima, rogar a sus lectores (desde la pluma) para que tuviesen a bien creer. Las nuevas generaciones lo tenemos más fácil (la gente, los lectores, ya lo vieron todo y fuera de la ficción) pero también más crudo. Tal vez la llave esté en el modo y nunca más en el qué.

 

-La historia avanza como una espiral. Una espiral que va a veces hacia afuera, y las más de las veces hacia adentro. Sin ser lineal, sin ir a trompicones, posee la virtud de las espirales centrípetas y centrífugas, algo en principio desquiciante para el lector, parezcan ángulos muy afilados. Usted dirá…

 

Subsuelo es una novela con pocos personajes y que sucede en un escenario muy acotado. Esta era la primera dificultad: propiciar una atmósfera que envolviera a estos personajes, que los aislara (era indispensable que cada uno funcionara desde lo individual y con la misma potencia). Para ello entendí que debía centrarme en los silencios, en lo que no se dice pero está tan presente, lo que se oculta al otro y, sin embargo, se transmite. Y los silencios ocurren (muy a menudo aunque no es excluyente) cuando los personajes están solos. Cuando están solos observan y piensan y debaten y deciden. Cuando están solos son ellos mismos (más que en ningún otro momento). Y Subsuelo está contada así, porque enseña los espacios de soledad pero los enseña superpuestos, a veces en el mismo instante histórico (así sucede en la vida real y así quise que sucediera en esta ficción). No sólo utilicé el cambio de focalización para recrear las superposiciones sino también la temporalidad narrativa. Indicarle al lector que esto está sucediendo ahora pero no que olvide que en este ahora también está sucediendo esto otro. Con el presente simple y cualquier forma pretérita (y algún truco) eso se puedo lograr.

 

-¿El discreto encanto de la burguesía consiste en una parcelita en las afueras cuajada de hormigas, con una piscina como centro de todo, como un Cuzco, un ombligo del mundo, de ese mundo? Pero el ácido fórmico es venenoso, y la tranquilidad del verano, puede serlo, ¿no?

 

Quería hacer una prueba (otro riesgo). Quería llevar el mal a la primera institución: la familia (que es el inicio de todo). Y pensé: si fuese posible ensuciar ese espacio, teñirlo de oscuridad, llenarlo de trampas, de mentiras y de traiciones, si eso fuese viable cualquiera de los demás espacios sociales quedaría relegado a nada. Porque todo comienza en ese núcleo que es la familia. Ahora bien, era necesario escoger una familia tipo, más o menos burguesa, sin problemas económicos (puesto que una economía precaria podría ser una determinante que modificara las acciones), organizada, afianzada, y extraerla de su hábitat natural. Que no tuviese interacción apenas con el resto del mundo. La parcela del valle (donde se desarrolla esta novela) hace las veces de burbuja (en el sentido profiláctico de la palabra), porque es un sitio totalmente aislado, casi puro. Lo que suceda allí estará libre de cualquier contaminación social. No quería interferencias: tenían que ser ellos y solo ellos. Por otra parte, me gusta mucho desarrollar estructuras con aura de tragedia clásica. Las hormigas son reales pero también son metáfora de lo que circula por debajo de nosotros, de lo que está trabajando en el subsuelo de las cosas, algo que nunca se detiene y que cuando sale a la superficie suele ser demasiado tarde. También funcionan como oráculo: las hormigas advierten a Mabel, la advierten del peligro, del mal que está a punto de caer sobre sus hijos.

 

-Como lector, digo, ese narrador tipo omnisciente es absolutamente rompedor de moldes. Consigue poner de los nervios al lector, porque llega a ser igual de enervante lo que los personajes saben, tanto como lo que no llegan a saber o no saben aún en cada tramo.

 

Sí, es otras de las decisiones importantes que tomé desde los primeros folios de este libro. Con pocos personajes y un escenario tan reducido, era necesario articular la transmisión con algún elemento brioso y transgresor. Subsuelo está contada desde una tercera persona (narrador omnisciente) extraña y poco frecuente. Se trata de un narrador anticipatorio, que juega a escondidas con el lector, que revuelve la linealidad temporal y está todo el rato adelantando acontecimientos (acontecimientos que luego o en seguida ocurrirán de todos modos, esto es, serán narrados de todos modos). Un narrador persuasivo y un tanto conspirador que le dice al lector: ‘dentro de cinco minutos sucederá esto y también esto. Ahora ve y observa el suceso que ya sabes que sucederá’. Este movimiento, insisto, genera una extraña complicidad entre emisor y receptor, modifica la simbiosis del sujeto del enunciado y exige al receptor una muy curiosa forma de implicación. Muchos lectores me lo han dicho.

 

-En fin. ¿Le parece a usted bien hacerle eso al género, ponerlo patas arriba, desquiciarlo, serlo sin aparentar que lo es?

 

No escribo pensando en ningún género. Sé que me repito en esta afirmación pero es la verdad y es importante. Solo intento contar historias. Y cada historia requiere de una estructura diferente, de una construcción de personajes diferente, de escenarios y auras y clímax diferentes. Es en esas cuestiones en las que me centro. Luego será una narración negra o verde o amarilla (Marcelo Luján no pretende decidir eso). Si un género (en este caso negro) adopta e incorpora alguna de mis ficciones, estupendo (¿o se dice me da igual?). Personalmente estoy convencido de que Subsuelo es una novela negra. Y lo es porque enseña los entresijos más oscuros del ser humano, porque supura maldad y vileza, y nunca porque se haga presente la muerte. La muerte, de existir, sólo debe ser una consecuencia. En cualquier caso, está claro que esta novela fue aceptada (adoptada) por el (nuevo y tan abarcativo) género negro. Esto debería ser saludable para todos.

 

-Ande, para finalizar, desahóguese. Algo que todavía no le hayan preguntado o comentado. Pero luego no lo repita por ahí, ¿eh? Sólo para El Azogue.

 

La verdad es que poco se ha hablado de la fotografía de portada (me refiero a la edición española original de Salto de página). Creo que Laura Muñoz supo interpretar con mucha pericia la atmósfera que recorre el libro. No es sencillo hacer eso desde una única imagen fija. Imagen que, por supuesto, dialoga perfectamente con el título. A veces tenemos suerte con estos aspectos paratextuales (autores y editores y libreros) que potencian el objeto. Y no es un hecho menor puesto que estamos hablando de lo primero que visualiza el lector. Me costó muchísimo titular esta obra, encontrar una palabra o frase que dé cuenta de todo el contenido de la historia. Digo esto porque cuando me enseñaron las primeras pruebas y vi el desarrollo de cubierta (título y fotografía) supe o sentí que había acertado: la imagen que surge y parece trepar desde el subsuelo, que recorre el árbol para acabar en ese bosque tan omnipresente en toda la novela. Es el mejor avance que se puede ofrecer.

 

-Como en los programas radiofónicos: enhorabuena por el programa. Por la novela en este caso.

 

Un placer la charla.

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Alberto Díaz-Villaseñor

Me llamo Alberto Díaz-Villaseñor Cabrera. Nací en 1959 en Peñarroya-Pueblonuevo, algo que imprime carácter. Aquí somos un coñazo, siempre protestando por todo, la culpa es de que fuimos todo y andamos ahora como andamos. Mi mundo gira en torno a la idea de que ya está bien, ¿el qué?: todo. En política y en la vida soy liberal, me parece que hasta aquí hemos llegado con tanto paternalismo y tanto infantilismo. Soy de los que siente cosquillas, no sólo en el cerebro, con un libro, la música, la pintura, el arte y la cultura en general, además de con los paseos en bici y cuando me invitan a comer. Escribo cosas en sitios diferentes, pero da igual, no sé si alguien las lee. Ya a estas edades sólo respeto la inteligencia, los amigos (son sagrados), la bonhomía no impostada, la franqueza, la paz, la conversación y todas esas cosas que ya nadie respeta. Abomino de los poseedores de la verdad, de los falsos modestos y de los mediocres; los envidiosos me hacen gracia. Me emocionan los niños y los ancianos, la pobreza, y cuando en el cine se oyen violines aunque no se oigan. Apenas veo televisión, así que no me habléis ni de series ni de temporadas. Y para cuestiones de currículum, ahí tenéis a Google.

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